Sobre el 106 aniversario de la fundación del Partido Comunista Mexicano
El próximo 24 de noviembre se cumplen 106 años de la fundación del Partido Comunista Mexicano (PCM). En 1919, por primera vez en el país, se constituyó un partido que reivindicaba de manera expresa un programa comunista.
Su surgimiento se dio en el marco del triunfo de la Revolución rusa de 1917, acontecimiento que marcó un hito no solo en la historia del comunismo, sino en la de toda la humanidad. Este aniversario no debe ser entendido como una mera efeméride ni como una reivindicación hueca o nostálgica; por el contrario, nuestro deber es extraer las enseñanzas derivadas tanto de sus aciertos como de sus errores. Estas lecciones nos explican, en gran medida, la inexistencia del Partido Comunista Mexicano en la actualidad.
Si delimitamos el primer periodo de existencia del PCM a un intervalo aproximado de 40 años, es posible identificar las dificultades en las que se gestó su organización y desarrollo. En México, si bien a finales del siglo XIX e inicios del XX habían permeado diversas ideologías de corte socialista —como el caso del Partido Liberal Mexicano, con sus tintes anarquistas—, el marxismo desempeñaba un papel marginal. Las obras de los padres del socialismo científico, Carlos Marx y Federico Engels, eran poco estudiadas y difundidas.
La fundación del PCM respondió más al contexto internacional de conformación y consolidación de la III Internacional que a una maduración doctrinaria del movimiento obrero nacional. Esto se tradujo en que, en aquellos años, el movimiento obrero en México careciera de una doctrina clara. El triunfo de la Revolución mexicana contenía en su seno un programa esencialmente burgués; las consignas y demandas agrarias, producto de la explotación campesina, surgían más de la naturaleza de dicha opresión que de un proyecto político consciente y articulado.
Durante las primeras décadas de su existencia, el PCM tuvo una incidencia política limitada. Esto se debió, en parte, al carácter reaccionario de figuras como Plutarco Elías Calles, quien adoptó una postura abiertamente hostil hacia el Partido, persiguiendo, encarcelando y asesinando a militantes que impulsaban la organización obrera y campesina en distintas regiones del país.
En las décadas de 1930 y 1940, el Partido ya contaba con cierto reconocimiento por parte del Estado surgido de la Revolución mexicana. En su interior se habían incorporado artistas, escritores e intelectuales con presencia en la cultura popular, lo que contribuyó a mantener un reflector mediático que, en algunos momentos, dificultó su accionar político.
En este periodo también se desarrolló un proceso decisivo para el movimiento comunista internacional: la difusión del trotskismo. Con el asilo de León Trotsky en México, el PCM enfrentó una intensa disputa interna, caracterizada por expulsiones y atentados contra este dirigente, hasta su asesinato en 1940.
A partir de entonces, las contradicciones internas se profundizaron. Los efectos del browderismo y la política de unidad a toda costa con fuerzas abiertamente anticomunistas debilitaron gravemente el funcionamiento del Partido.
Durante las dos décadas siguientes, bajo la secretaría general de Dionicio Encina (1940-1959), si bien existió cierta participación en sindicatos y en algunos movimientos obreros, el Partido no logró un crecimiento significativo, ni cuantitativo ni cualitativo. En el plano internacional, este periodo estuvo marcado por el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), cuyas resoluciones fueron asumidas por el PCM, al igual que por la mayoría de los partidos comunistas en países capitalistas. Como consecuencia, figuras eclécticas y ajenas al marxismo-leninismo comenzaron a ganar terreno progresivamente en la dirección del Partido.
Así se inició un declive revisionista cada vez más evidente, en el que se fue desechando abiertamente la máscara pseudomarxista-leninista. Personajes como Arnoldo Martínez Verdugo, ya en su papel de secretario general, encabezaron el proceso de desmantelamiento de la organización.
La escasa respuesta del Partido ante hechos como la masacre de Tlatelolco en 1968 provocó que sectores como el estudiantil se distanciaran y dejaran de identificarse con el PCM. En el ámbito internacional, la condena a la invasión soviética a Checoslovaquia —lejos de adoptar una crítica desde la caracterización del socialimperialismo de la URSS— asumió un discurso cercano al liberalismo, marcando una orientación ideológica cada vez más próxima al eurocomunismo.
Los esfuerzos del Partido se concentraron entonces en la vía electoral. En 1977, al amparo de la reforma política, el PCM obtuvo su registro electoral, y durante los once años posteriores gran parte de su actividad se subordinó a este terreno.
Esto generó los primeros roces ideológicos con otras fuerzas que se autoproclamaban revolucionarias. Surgieron grupos armados influenciados por el guevarismo y el maoísmo, y las guerrillas activas en diversas regiones del país no veían al PCM como un aliado, sino como una organización alejada de las masas. En el caso del Partido de los Pobres, en Guerrero, las diferencias fueron particularmente profundas, al punto de que dicha guerrilla secuestró años después al dirigente revisionista Arnoldo Martínez Verdugo como parte de sus disputas políticas.
Cabe señalar que, para este momento, ya existían intentos por suplir el papel de vanguardia que el PCM había abandonado. En 1978 se fundó el Partido Comunista de México Marxista-Leninista (PCM-ML), uno de los partidos comunistas más antiguos aún en activo. Si bien no logró un arraigo inmediato y enfrentó serias dificultades orgánicas, sentó un precedente en la lucha contra el revisionismo dentro del movimiento comunista mexicano, aunque en la actualidad haya renunciado a la razón misma de su existencia.
En 1981, las siglas del Partido Comunista Mexicano se volvieron un obstáculo para la dirigencia liquidacionista y sus planes socialdemócratas. Bajo el pretexto de la lucha contra el régimen priista, se decidió la fusión con otras organizaciones menores de izquierda, decretándose la extinción del PCM y dando paso al Partido Socialista Unificado de México (PSUM).
Con un programa ambiguo y completamente alejado del marxismo-leninismo, el PSUM tuvo una existencia breve. En 1987 absorbió nuevamente a otros partidos menores, de carácter abiertamente antimarxista, y adoptó el nombre de Partido Mexicano Socialista (PMS), donde convergieron diversos dirigentes de extracción pequeñoburguesa.
Si la degeneración del antiguo partido comunista no parecía poder profundizarse más, en las elecciones de 1988 el PMS, que había postulado a Heberto Castillo, decidió apoyar la candidatura del ex priista Cuauhtémoc Cárdenas, hijo del dirigente reformista Lázaro Cárdenas.
Tras la derrota electoral, el PMS optó por una nueva fusión, esta vez con un ala disidente del Partido Revolucionario Institucional (PRI), dando origen en 1989 al Partido de la Revolución Democrática (PRD). De una de sus escisiones surgiría posteriormente el Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA), actual partido gobernante.
A 106 años de la fundación del PCM, los revisionistas, exmilitantes y liquidacionistas han presentado esta vergonzosa traición a la clase obrera como un supuesto “logro” democrático para México, justificándola como una correcta táctica y análisis político. Al mismo tiempo, han pisoteado su historia mediante actos meramente ornamentales, mistificando su pasado y envolviéndolo en nostalgia cada vez que el PCM es mencionado en eventos “culturales”. Todo ello ha contribuido a una profunda desconexión respecto a lo que realmente representa un partido comunista y su papel de vanguardia en la lucha de clases.
Hoy, diversos grupos se proclaman herederos del PCM. Existen al menos cinco organizaciones que se autodenominan “Partido Comunista” en México, pertenecientes a distintas corrientes eclécticas y antimarxistas-leninistas, que continúan reproduciendo las mismas prácticas que condujeron a la extinción del PCM. Corresponde ahora a los marxistas-leninistas mexicanos desenmascarar a estas organizaciones y forjar la vanguardia que merece el proletariado mexicano.
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